El histórico acuerdo entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) en 2020, impulsado por Estados Unidos, dejó en claro la grieta que existe en el mundo árabe-musulmán entre chiitas y sunitas o, en términos políticos, entre Irán y Arabia Saudita.
A EAU siguió Bahrein, que hace cuatro meses inauguró la embajada israelí en su territorio. Y probablemente sigan otros países del mundo árabe-musulmán. La gran pregunta es si ese camino será el que tome Arabia Saudita, lo que marcaría definitivamente un antes y un después en la región. La cuestión de Palestina está en el foco de estas nuevas vinculaciones en la región. Desde EAU, por ejemplo, suelen señalar que establecieron relaciones con Israel para detener la anexión parcial de Cisjordania por parte de Israel, y que el acuerdo sirve para mantener la viabilidad de la solución de dos estados en el conflicto palestino-israelí.
Este tipo de acuerdos son repudiados desde Teherán en la medida en que lo consideran una traición hacia Palestina. El factor iraní es la clave de la estabilidad en la región. Su creciente desarrollo nuclear tiene en alerta a Israel, que ya avisó a Naciones Unidas que no permitirá que Irán alcance el poderío nuclear. Concretamente, la capacidad iraní de contar con un arma atómica es lo que determina el equilibrio de poder en una región en la que solo Israel goza de dicha capacidad. Para Irán, la región estará en equilibrio si ambos cuentan con poderío nuclear. Para Israel, eso atentaría contra el equilibrio. Mientras, Tel-Aviv acusa a Teherán de buscar la desestabilización de todo Oriente Medio al apoyar a grupos como Hezbolá en el Líbano, Hamás en Palestina o milicias chiíes en Irak.

