Por Damián Szvalb / @DamianSz.
Para todo presidente, las elecciones de medio término son clave. Un triunfo es un aval a su gestión, una derrota pone en duda su reelección. Pero para Donald Trump las próximas elecciones de medio término de noviembre son mucho más que eso: determinarán sus posibilidades de terminar el actual mandato. La amenaza de un Impeachment siempre sobrevoló sobre su cabeza, desde el comienzo de su gestión. Pero en los últimos días parece haberse desatado una tormenta perfecta que solo una mayoría republicana para los próximos dos años en el Congreso podría alejar. Aunque no mucho.
Su ex abogado, Michael Cohen, confesó que por orden de Trump pagó a dos mujeres, la ex actriz de cine porno Stormy Daniels y la ex modelo de Playboy Karen McDougal, en los meses previos a las elecciones con el fin de que no hablaran de unas supuestas relaciones sexuales mantenidas con el actual presidente entre 2006 y 2007. Según Cohen, el objetivo era proteger la imagen del entonces candidato republicano. Esto se considera una contribución ilegal de la campaña, es decir, un delito.
A este caso hay que sumarle el Rusiagate. Es decir, la posible injerencia del Kremlin y Putin en las elecciones presidenciales y la posible connivencia del entorno de Trump. Aquí, el principal enemigo del presidente estadounidense es el fiscal especial Robert Mueller, quien asumió la investigación en la que están involucradas varias personas de su círculo.
Esta investigación, indirectamente, solo le da malas noticias a Trump: la confesión de Cohen y la de su ex jefe de campaña, Paul Manafort, que fue declarado culpable de ocho delitos de fraude.
Mientras tanto, los demócratas se entusiasman y quieren aprovechar esta situación para sacar rédito electoral. Si bien todavía niegan públicamente que estén pensando en impulsar el impeachment, Trump no debería estar tranquilo: “No es una prioridad en la agenda ir a por ello salvo que salga algo más”, dijo hace dos días la líder demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. “Que saga algo más” suena a premonitorio: es muy posible que aparezcan nuevas situaciones que compliquen al presidente.
Por su parte, Trump niega todo y se preocupa de resaltar los muy buenos números de la economía: «Si me destituyeran los mercados se hundirían. Creo que todo el mundo sería más pobre», dijo hace poco en una entrevista.
La clave está en el partido. ¿El enemigo también? Hay que seguir muy de cerca a los Republicanos, porque hay voces muy críticas de importantes congresistas del oficialismo sobre las conductas y los modos de Trump. Y lo hacen saber públicamente. A nadie extrañaría que muchos de ellos puedan acompañar un eventual proceso de impeachment.
Por eso serán clave los resultados de las elecciones. Trump necesita mostrarle a su partido que mantiene el apoyo popular que lo llevó a ser presidente. Siente que no le debe nada a nadie, ni a los demócratas ni tampoco a los republicanos que nunca hicieron nada para que llegara a presidente. Por eso su gestión es electorado-céntrica: todo lo que hace y dice apunta a fidelizar a sus votantes. Es entendible: gracias a ellos llegó a ser presidente de Estados Unidos y parece que solo ellos podrán hacer que llegue al fin del mandato.

